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LOS PERROS DE PUERTO MADERO


En el nuevo barrio de Puerto Madero, en Buenos Aires, viven una veintena de perros vagabundos. No son muchos para un predio de ciento setenta hectáreas. Tampoco son muchos los mil novecientos habitantes permanentes, que contrastan con las imponentes torres y hoteles de cinco estrellas.
Es que en Puerto Madero hay dueños, pero no habitantes.
Por eso nunca se ve a nadie pasear una mascota. Y por eso mis amigos, los perros vagabundos van de aquí para allá, sin que nadie los moleste.
Es que la Corporación Puerto Madero se hizo para generar un espectacular negocio inmobiliario y financiero. Se inauguró el 15 de noviembre de 1989. Tanto el Gobierno
Nacional como la Municipalidad, le otorgaron el poder de vender los terrenos para construir grandes edificios y reciclar 16 viejos galpones abandonados.
Hoy, es uno de los principales centros turísticos y gastronómicos de Buenos Aires. Parece ser más visitado y conocido por extranjeros que por argentinos y a nadie le importa el tufillo de corrupción y lavado de dinero que ronda la zona.
Los porteños un día se dieron cuenta que tenía mas de dos mil calles y avenidas sin nombres de mujer y encontraron aquí el lugar para expiar sus pecados. Por eso las arterias y bulevares de Puerto Madero tienen nombre de mujer. Por eso existe la plaza de las mujeres y por ello también el puente nuevo del dique tres es en homenaje al sexo
femenino. Los hombres en cambio prefirieron las escrituras a su nombre.
Los perros de Puerto Madero en cambio deambulan de aquí para allá sin discriminar si el cartel indica a una militante socialista como Alicia Moreau de Justo, a la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor o una cantante y princesa mapuche como Aimé Painé.
Es notorio verlos cruzar por la senda peatonal. Parecen respetar las indicaciones de los semáforos, esperando con santa paciencia al borde del cordón hasta que les es permitido cruzar. ¿Cómo lo hacen? Muy simple: toman como referencia a alguna persona y lo acompañan bien pegadito hasta que llegan a la vereda de enfrente. Luego cada cual sigue su camino. No se dejan tocar, no se pelean entre ellos: toda una estrategia de supervivencia que incluye sobrevivir con las sobras de los restaurantes y buscar la compañía de los prefectos que controlan el tránsito.
También son amistosos con los cartoneros que comparten todo lo que encuentran en los tachos de basura. Y ellos en compensación montan guardia sobre las cajas y diarios apilados. Lo de los cartoneros no es una casualidad. Es que a pocas cuadras de donde el metro cuadrado se cotiza a más de cuatro mil dólares, existe la villa Rodrigo Bueno.
Otra de las ironías de Puerto Madero que deja bien reflejado nuestra sociedad moderna capitalista: el diez por ciento de los que mas tienen, son dueños del noventa por ciento del espacio público y de toda la riqueza que allí se genera. El noventa por ciento restantes, casi unas ochocientas familias deben arreglarse en un pequeño espacio, sin luz, agua corriente, gas ni cloacas y deben vivir de changas y del cirujeo.
Eso si, ambos comparten el paisaje de la reserva ecológica.
Posiblemente allí en la villa se origine el comienzo de los perros vagabundos de Puerto Madero. Me he enterado que el año pasado tuvo que intervenir el Instituto Pasteur, porque en la Reserva se llegaron a juntar cientos de perros cimarrones que atacaban a la gente. En pocos días fueron cazados y liquidados con sus poderosos rifles “sanitarios”. Ante todo la salud pública y preservar el ambiente, no sea que muerdan algún turista con dólares.
Los perros de Puerto Madero no son de ninguna raza en particular, a veces pasean todos juntos tomando agua de las fuentes o husmeando la basura del Buquebus.
Allí los he contado, como he dicho, no son más de veinte.
Un macho medio ovejero de lomo grisáceo es el líder, donde el mea, todo atrás lo hacen, casi como en una procesión religiosa. No es agresivo, solo se impone. Su autoridad nace en vericuetos del pensamiento canino que desconozco.
Y si por casualidad hay una reyerta por algún bocado sabroso o una perra en celo, el levanta las orejas, pone el pecho erguido y solo le basta levantar un poco sus labios para mostrar que tiene los colmillos bien puestos y ahí termina la discusión.
Continuamente se olfatean, como reconociéndose.
Pero lo mas sorprendente son sus largas caminatas. A veces recorren casi toda la extensión del barrio, pero nunca salen del mismo como si terribles peligros los acecharan. Nunca entran a la Reserva, le desconfían como si supieran lo que allí pasó.
Los he seguido por cuadras, tomando notas y esperando largos minutos para saber hacia adonde se dirigían.
Y he llegado a la conclusión que no van a ninguna parte, porque ellos viven allí.
Porque en definitiva, los perros de Puerto Madero son los verdaderos dueños del lugar.


Texto agregado el 13-02-2008, y leído por 281 visitantes. (9 votos)


Lectores Opinan
2009-06-07 03:36:17 Un excelente relato con esa habilidad que te distingue. Veo que tomaste un tema menor (segun los ojos de una gran mayoria) y lo convertiste en algo delicioso. Un buen enfoque de algunas de nuestras miserias... betsyhaab
2008-06-25 14:01:05 Espectacular relato contado con maestría. Diciéndolo todo pero sin caer en la desesperación y envolviendo a estos simpáticos personajes en una estela de misterio que los hace entrañables. flop
2008-06-19 21:40:29 muy real! esta de lo más irónica nuestra ciudad. Te invito a leer mi cuento de Palermo Soho. saludos! florcitaenbaires
2008-06-12 20:46:33 El perro, vive su mundo por instinto no razonan. Esa es nuestra diferencia con ellos esto es psicologia del sentido comun. Bueno. AAAManuelMartinez
2008-03-19 17:37:08 Seguramente a esos perros les importan muy poco todas las ambiciones y miserias del ser humano y en eso nos llevan ventaja. Lo suyo es vivir o sobrevivir lo mejor posible. No ambicionan más de lo que necesitan para ello. Si todos actuáramos así, seguramente en el mundo no convivirían villas y palacios... ***** hirondelle
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