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Ver llover



El entrecierra los ojos y mira la calle desde las penumbras del bar, e ingresa en una modorra inevitable, como cuando lee esos extensos monólogos de Cortazar en los que le habla a un personaje y le da detalles de sus silencios, de sus sueños o de por que alguien es tan estúpido.
Casi se dormía cuando la vio.

Se noto en el movimiento de algunas cabezas al acomodar el cuello a una nueva posición. Cuando el cuerpo se sorprende pero disimula, o en esa duda que aparece cuando un par ojos confundidos se miran de frente, y los párpados titubean.

Ella tiene una feminidad agobiante para ese grupo de hombres que escapan al frío de la tarde y a sus infiernos privados, y murmuran cortas frases -algunas indescifrables- entre ellos, con unos cartones pintados en las manos, a los que pensativos van arrojando sobre la mesa de madera.

El hombre que solo mira por la ventana ve el aura que la rodea y se queda pensando en que algunas mujeres son perfectas, al mirarlas.

Eso fue, pero nadie escucho el sonido de los pasos de la muchacha que entraba al bar. Si la admiran deslizarse iluminada por el reflejo anaranjado que la puerta abierta deja pasar sobre las baldosas recién barridas.

Alguien acomoda la garganta por si necesita la voz, pero nadie dice nada, ni se prueba de la bebida, ya servida en los vasos.
Solo se respira en silencio, se espera.
Nadie habla y quizá en esa ausencia de sonidos se nota la sorpresa de una mujer entrando.
Y notable es también el evitar de los ojos que miran los naipes o las manos, y la ausencia, ahora, de cualquier descaro.

En la muchacha se ve a una persona sana, de caminar resuelto y destino encontrado, con el cabello negro y algo corto y una gran boca roja, atractiva.
No es una cara de llorar, y la fuerza de sus piernas demuestra que de caerse y hacerse daño no se detendrá a quejarse.
No se adivina una mueca de queja en ella, ni de suplica.

Esto es lo que el hombre solo frente a la ventana piensa al verla ingresar y después seguirla por el reflejo espejado del cristal.

Se sabe bella y no lo finge, el había visto muchas mujeres fingir mientras cruzan un boliche de pueblo atestado de sombras negras, masculinas.

Ella se detiene en el teléfono, llama y continúa con el rostro hacia el piso.
Espera una respuesta.

El hombre ahora mira la lluvia a través de la ventana, mira el pasaje tan rápido de las gotas por los espacios oscuros de las sombras, y sus ojos las pierden de inmediato entre otras miles que igualmente pasan por ese fondo oscuro de sombras para caer en los charcos.
Gotas que mueren en la superficie de los charcos y hacen que el día tenga esa imagen de tristeza.

El diario abierto sobre la mesa lo detiene en un párrafo: “Según el Informe Europeo sobre Adicción al Consumo, el 15 por ciento de la población es adicta al consumo y un 46 por ciento de la juventud compra en exceso…”


*****


Alguien responde, por que el pelo corto, oscuro, de la muchacha gira, y los ojos brillan y los labios rojos se mueven, imperceptibles se mueven.
Los ojos brillan y miran el piso del bar, mientras los labios hablan, son frases cortas y los espacios de espera más largos y tristes, como la lluvia.

Y el se ve respondiendo esa llamada –le suena en la cabeza-, mientras observa a través del vidrio sentado en la mesa junto a la ventana, y siente el impulso de colgar el teléfono y salir corriendo cuando ella habla y lo interroga con esos ojos que ahora lo enfocan.

Y se hace una pausa.
Se escucha decir -haremos lo que vos quieras-, y las manos al hombre se le pegan entre ellas sobre el diario, como si el teléfono –caliente- estuviera allí, entre sus palmas.

Y los ojos se cierran y los labios dicen chau, lo puede leer en el movimiento rojo de los labios que se separan y luego se juntan formando un pequeño hueco redondo entre ellos, como preparados para un beso.
Cuelga el teléfono, lentamente cuelga el teléfono, completando una caricia al aparato y el solo en su mesa frente al diario -a diez metros de ella- suspira aliviado.

Ahora el rostro de la mujer se dirige al espacio que la separa hasta la puerta de salida con el gesto de una decisión tomada. Y los párpados ya son grises y huyó la lozanía, los labios se afinaron y oscurecieron.
Son violáceos y el aura naranja de la luz se perdió también con las nubes de tormenta.

Al salir a la calle se cubre el cuello con las solapas del abrigo y él la mira incómodo, mira como el agua la moja, y mira como ella apura sus pasos y se aleja.
Y la lluvia que crece oscureciendo la tarde le baña el rostro simulando lágrimas, pero desde su lugar en la ventana el hombre a ello nunca lo vería.


*****


Muchos hombres sufren actualmente la tragedia de un matrimonio infeliz, en general se van –se separan-, pero entre los que llevan adelante esta odisea de sufrimiento están los que no se animan a terminar y prolongan la agonía.

El hombre que ahora despacha desde atrás del mostrador termina de cortar con la maquina doscientos de crudo, algo gruesitos.

- ¿Le corto un poco de queso, Adolfo?

Adolfo es un buen cliente y un buen vecino, y en el aspecto de su rostro y de su figura se puede leer -como en un actor de calidad- la tragedia del esposo que tolera el daño permanente de un casamiento inadecuado.

Adolfo le dice que si con la cabeza pero no habla.
El hombre que ahora corta queso de maquina y las fetas que apoya sobre el film de polietileno con que cubrió el jamón parecen de plástico, dice.

-¿Doscientos también?

Está hecho de la estofa con que se fabrican los mejores cornudos, piensa el hombre que atiende.
Recordando un texto de Arlt.

Cuando ella ingresa a la rotisería.

Ahí estaba nuevamente, ahora del otro lado del mostrador de su negocio, junto al gordo vestido de jogging que espera le termine de cortar el fiambre para volver al calvario de su casa.

En el disco metálico que gira, que avanza cizallando la horma de queso se le dibuja la última imagen de esa tarde de lluvia que leía el diario en la mesa del bar, junto al ventanal.

Ella tiene el rostro iluminado y la frescura de estar recién bañada, aún con el pelo mojado. Lo mira con una sonrisa que solo aparece en sus ojos y no dice nada, continua observando la estantería de los vinos, como quien conoce del tema.

- ¿Esto..., es todo lo que tenés en vinos?

Interroga hablando sola y prolonga la última “ese” como si jugara con ella dentro de la boca.

Quien con precisas maniobras acomoda las fetas que la maquina va cortando no responde, pero queda observando el perfil abstraído de la mujer con el gesto de leer los precios y piensa, -mientras evita cortarse un dedo-, que es bellísima.

Adolfo sale del boliche saludando, con el paquetito de fiambre agarrado con las dos manos y una botella de soda bajo el brazo.
Rumbo a su calvario.

- Chau, que te sea leve, no hagas locuras después de tomar…

Responde el hombre alto con el pelo gris plateado y la melena cortada estilo “Comitas” y se acerca, -aun risueño-, a donde ella mira la estantería de los vinos.

- ¿Si, en que le puedo ser útil señora?

Fue lo que le dijo, pero lo primero que le dijo no fue precisamente lo primero que pensó, primero pensó y rogó en silencio que se de vuelta para disfrutar de frente su cara perfecta y sus tetas antológicas aún ocultas por la campera con el cierre apenas abierto junto al cuello.

-¿Algún vino de Bodegas Chandón, no tenés?

-¿Si, alguno puedo ofrecerle..., cual desea usted, señora?

-No me llames señora, Clos…Clos du moulin, ¿puede ser?

-Puede ser…


Y desaparece por la puerta que esta detrás del mostrador entre las tiras plásticas de la cortina que estallan a su paso.

Cuando regresa trae una botella en cada mano, del vino que ella menciono.

-No lo tengo en la góndola por que es de consumo personal, es el vino que yo tomo…

Dijo mostrando las botellas y sonriendo. Confidente.

-¿No me diga que compartimos el gusto de saborear esta única mezcla de varietales?

Agregó.

Ella toma entre sus manos una de las botellas, la mira, entrecierra los ojos como forzándolos a leer letras muy chiquitas, después la deja sobre el mostrador y baja con un movimiento felino el cierre de la campera hasta donde este termina.
Las tetas saltan en dirección al rotisero como dos bochas que quieren salir de una bolsa que se rompe.

-¡Me quiero morir!

Piensa él, casi en voz alta. Tanto, que ella se lo lee en los ojos padecientes de miopía y astigmatismo.

-No, me lo recomendaron y quería saber cual era…, ¿cuanto sale?

El hombre alto que la miraba sin parpadear meneo la cabeza y espetó.

-Lo lleva, lo prueba…y después me dice…

-Nooo, por favor, ¡ni hablar…!


Gime la mujer y al contraer los músculos del abdomen las gomas subieron y bajaron perfectas.

-Disculpeme señora, pero este comercio tiene alguna pautas de comportamiento con su clientela, y creo esta es una forma de bienvenida a alguien nuevo en el barrio…, lo lleva y lo prueba…después me informa si es de su agrado.

Ella le muestra una de las mejores sonrisas que el vería en su pasaje terrenal, después le pide una botella de agua mineral sin gas y unas servilletas de papel. Paga con monedas y sale del negocio exponiendo un culo también inolvidable.

*****

-¿Quien te dejó con esa cara de baboso…?

Le pregunta asomando su figura por la puerta con la cortina de tiras plásticas, quien vive con él, muy a pesar de él y que posee actitudes militares en el trato, especialmente cuando se dirige a él.

(2008)

Texto agregado el 11-02-2008, y leído por 582 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2018-10-02 19:49:03 Me gustó sobremanera la forma poética de tu prosa al principio. Y como que me chocó un poco más tarde la segunda parte. Un beso. MujerDiosa
2008-06-30 14:35:31 A veces pienso... que pena que no escribas en castellano. En el castellano de aquí...Y no es porque tengas hacerlo, que la variedad es riqueza. Es que me lo pierdo... una vez reunida toda la información, es genial. Saludos. nomecreona
2008-06-10 03:12:56 Un bello texto,que te lleva al final de una manera suave y admirando cada imágen que tan bien plasmas. Me encantó******* Un abrazo Victoria 6236013
2008-06-04 19:04:33 cada vez que me detengo en tu casa me llevo una agradable sorpresa, ¡una joyita! saludo desde Rusia***** alejandrocasals
2008-05-04 19:26:13 El amodorramiento. La tarde cansada. La mesa de juego, colchón de frustraciones, alivio de "infiernos privados". El "reflejo anaranjado" de una bella mujer. Todo ello en un segundo eterno de bellas descripciones recónditas y contradictorias que el sentimiento humano alberga y genera en un día tibio de vinos y lluvia triste. azulada
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