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Inicio / Cuenteros Locales / sendero / Amor liquido Con afecto para Hache, Gik y G. Gamboa

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Amor líquido
La carretera era un cuerpo maltrecho y el autobús
se detenía con frecuencia; los enormes traileres parecían
hipopótamos caminando entre el fango y daban la impresión
de contemplar el paisaje más que de transitar. El ronroneo
de la máquina reflejaba un cansancio fabril, un ya no
puedo. Respiré profundo y de esa manera tranquilicé mi
ansiedad.
Ayer por la mañana, en este lugar, el sol salía
temeroso y la luz filtrada dejaba ver que, poco a poco, las
sombras buscarían otro acomodo. Pensaba en el día en que
nos conocimos. Me sorprendí al verla. Entró de improviso,
mientras en mi “guarida” tocaba distraído la guitarra.
–– ¿No quiere un café? ––me dijo, haciéndome señas de que
siguiera con el instrumento. Soy nueva aquí.
Me reí de su cara de sorpresa y de los gestos
que hacía, como si se estuviese orinando. Recuerdo su
chinito sobre la frente que iba de un lado a otro, una
blusa color azul y una falda que no llegaba a la rodilla.
Trabajábamos para el licenciado Solórzano y
salíamos con frecuencia fuera de la ciudad atendiendo
diversos asuntos. Yo regresaba el mismo día; sólo había dos
puntos en los que forzosamente tenía que quedarme fuera una
noche. Ella siempre estaba en el archivo.
La casa vieja había sido convertida en una
oficina funcional, pero nadie podía quitarle el olor a
intimidad: Su sala, cocina, el traspatio, la biblioteca;
sus vericuetos y un sitio apartado de vidrios plomizos que
pudo haber sido un sótano. Yo lo tomaba como área de
descanso después de las agotadoras jornadas. Me había
posesionado de él, por supuesto, con el permiso del
Licenciado. Ver alguna reproducción de Cézzane o Gauguin y
tocar la guitarra me restauraba del tedio de los números o
de la redacción de los informes.
–– ¿Qué va a hacer este domingo? ––le dije un día.
––Si le gusta el agua, la invito a mojarse y a comer.
Me dijo que lo pensaría, pero en la hora fijada, allí
estaba. Corrió, tiró piedras. Nada más de verla me
producía cansancio. Cuando llegó la tarde, tomé la guitarra
y le canté una canción, después vi cómo el sueño la vencía
y quedaba recargada en mi hombro; la abracé y estuvimos en
silencio. Después, al volver la cara, la tuve frente a mí y
no resistí abrirle sus labios y besarla despacio, como si
la rozara.
Los pinos dividían la luz del sol, pero la
claridad llegaba hasta los pies de los árboles
desparramándose sobre una alfombra de restos vegetales.
Recordé un cielo deshojado de nubes.
––Vamos antes de que el sol arrecie ––me dijo aquella vez.
Caminaríamos por un sendero de años sólo
transitado actualmente por las bestias.
La mañana tenía humedad, a lo lejos se veían
algunos manchones de neblina y de los grandes árboles caía
el heno como largas cabelleras. Al ir detrás de ella, su
cuerpo de caña bamboleaba como si la moviera el viento. En
una colina, exhaustos, pudimos ver la cola del río que iba
rompiendo la serranía. Allí, entre la maleza, bajo la
frondosidad, mi piel rodeó su piel y el graznar de los
patos se mezcló con nuestros gritos.
El camión seguía con una lentitud que me pareció
estúpido que en el frente le hubieran pintado unas garzas.
La carretera tenía una línea blanca que se debía respetar;
delante había una enorme fila de vehículos; a lo lejos
estaban las montañas que se coronaban de un blanco
impoluto; arriba, las nubes se soltaban y corrían como si
fuesen fantasmas en persecución.
En plena zona montañosa el sol caía a pleno. A lo lejos
divisaba una finca con un jardín de azaleas y rosales.
Me imaginé transitar por aquellos caminos enrojecidos por
la piedra de tezontle y un aire transparente. Traté de
dormirme, de cerrar la persiana y poner la mente en blanco
para que llegara el sueño. Creía escuchar en el ronroneo
del autobús una melodía que me arrullase. No sé cuanto
tiempo fue, pero de pronto me vi inmerso en un tobogán. Me
reí. Cuando uno es pequeño desea que la edad lo alcance y
sube corriendo las escaleras, y cuando se resbala por la
fuerza de gravedad, desea que se detenga y evitar el
deterioro.
Yo bajaba y ella subía. Ella era sensible a las fresas,
fruta a la que tenía que darle la espalda para no comerla,
pues si llegaba a su boca, la deglutía.
Esa vez llegó desesperada al sótano; sin decirme nada se
retiró la ropa.
––Por favor vea qué tengo ––me dijo.
Parecían habas que llenaban su piel, y huellas de arañazos
que se había hecho con las uñas. En mis correrías por los
pueblos aprendí a curar y saqué de mi maleta algunos
aceites y linimentos que siempre llevaba; compresas frías y
frases de aliento le trajeron calma. Mis manos apenas de
brisa restauraron su piel inflamada, y no pude evitar un
retozo muy grande en el interior, teníamos dos años de
amarnos y cada día le veía más flores. Otras veces, era
ella quien me curaba, pues el frío insolente de la montaña
me cundía de erosiones la cabeza, ella ponía en sus manos
un líquido de vegetales astringentes y con delicadeza me lo
untaba en las áreas de mayor estrago. El agua escurría por
mi frente, mientras mi cara hundida en su regazo, soñaba
sobre aquellas piernas acaneladas. El autobús se detuvo.
Había una fila de autos y se escuchaban sirenas que iban
y venían. ¡Un accidente! ¡Sólo eso me faltaba!
Ese día me dio un beso tibio, se apartó y me miró entre
tímida y seria.
—Se me declaró Sandro.
Me quedé pensativo.
—Mis hermanos dicen que tengo preferencia por ti.
Medité que ella era el blanco por mi causa. Estaba casado y
ya comenzaban a sospechar de la relación.
–– ¿Quién es él?
––Es un muchacho que estudia y trabaja, compañero de la
escuela
–– ¿Lo quieres?
––Sólo le tengo aprecio.
––Acéptalo.
Me abrazó y descansó la cara en mi hombro.
––Es que sólo te amo a ti.
––Acéptalo, de esa manera acallaremos rumores.
––Sólo será mi novio, lo demás siempre serás tú.
El camión, después de pasar un puente sombrío, subía hasta
lo alto de la loma y la mirada se fundía en el horizonte.
Se logra enfocar el río que serpea y que muy pronto se
hundirá en el mar. Esa sensación de incertidumbre que se
apodera de uno y que no se puede quitar de la cabeza.
El fin de semana, en la soledad del camino, tarareaba
canciones y me hacía la ilusión de que ella iba a mi lado.
Sandro se hacía presente los domingos y la mamá lo veía de
mejor manera. Ella seguía siendo la misma y era atrevida.
Cuántas veces frente al licenciado llegó a derramar líquido
en mi pantalón. Luego pedía disculpas y, solícita, me
quitaba el sobrante con una servilleta. Después, en el
sótano, no aguantaba las risas y me decía: ¡Tenía tantos
deseos de tomar tu muslo!
Bajé del autobús con un tremendo dolor en las rodillas. Son reumas, me dije. Vi las garzas de nuevo y pensé que era mejor que les pusieran tortugas. Llovía, la tarde
estaba a punto de hacerse noche, sólo que adelanté el viaje un día y ella no me esperaba.
Llegué al despacho, confiado en que no habría gente. Ella lucía su pelo corto, y el rulo que le dividía la cara; falda negra y blusa de un rojo encendido. Me miró sorprendida, como no dando crédito a que fuese yo. Después bajó los ojos y me ofreció un café. Cerró la puerta y me abrazó.
––Sandro me propuso matrimonio ––me dijo muy seria.
Allí está. Es un puño cerrado que golpea como un mazo y se hunde en los vericuetos del alma y asfixia. Uno se repone, hace una cara indiferente y enfrenta; infiere hacia dónde correrá el agua. Entonces se define como cobarde, que debió luchar por ella, y se echa en cara la posición cómoda que asumió y se ríe uno de sí mismo. ¿Acaso esperaba tenerla siempre al lado sin darle ninguna promesa?
¡Qué estupidez! Pero en mi caja de secretos me digo que
ella me quiso, y no puedo evitar una inspiración dolorosa.
Aún con el paso del tiempo, me da por seguir viviendo. En días de añoranza bajo al sótano, desempolvo la guitarra y canto la misma canción. Un día me asusté cuando la nueva secretaria me sorprendió.
–– ¡Qué bien canta usted!
––Gracias ––y guardé la guitarra.
– ¿No gusta un café?
Le dije que sí y al ir tras ella, cuando veía su talle, el tiempo se abrió y el perfume de su cuerpo me rebotó en los ojos. Me hundí en la intensidad.
–– ¿A usted quién la recomendó? ––Le pregunté sin poder
resistirme.
–– ¿Por qué no lo adivina? ––me contestó y se puso a silbar la canción que momentos antes me había escuchado.


Texto agregado el 14-02-2004, y leído por 798 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2012-04-11 01:07:42 Es un cuento hermoso, pleno de romanticismo, de metáforas que adornan esos sentimientos tan sublimes. Me gustó la narrativa fluida y, sí, hermosa, muy hermosa. Un abrazo, amigo. SOFIAMA
2008-04-29 02:52:41 Tierna y triste historia muy bien narrada. ***** Cariños. flop
2007-11-14 17:09:08 un bello cuento que habla de una entrega profunda, quedan misterios por resolver pero bueno...ahi los iremos viendo... Aliacanitidia
2007-09-30 15:52:36 Un relato muy bien narrado. El personaje del hombre, pues real como la vida misma. Esa es una situación que se repite tantas veces. Ya encontrará otra secretaria con la que tener una aventura. Lo siento pero no puedo pensar en amor, para él sólo es una aventura cómoda. m_a_g_d_a2000
2007-01-27 23:45:36 Leí con un toque de aprecio este cuento. Da tal familiaridad en los personajes y el narrador, que estimas lo que hacen y dicen. Muy buen trabajo, Ruben. Saludos. Garvas
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