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LA NOCHE DE ESTUDIO

Una mesa con libros, apuntes y un flexo. Una chica de unos 24 años estudia desesperadamente, como si el examen que tiene al día siguiente fuera la prueba más trascendental de su vida. En un papel ve algo que la asusta (¿una pregunta?), se queda paralizada, rebusca frenéticamente entre los apuntes. Mientras pasa hojas a toda velocidad empieza a oírse una melodía de móvil ridícula (una de Bisbal o algo así). Coge el teléfono y mira la pantalla para ver quién le está llamando. Cuando lo ve, no se lo puede creer. Contesta, de bastante mala leche.

Dime, Carla. (Carla le habla eufórica desde el otro lado de la línea). ¿Cómo que qué hago? ¡Intento estudiar!... ¡No! ¡No pienso ir a la tasca El Mejillón!... ¡Me da igual quién esté!... ¡No, ni un ratito!... ¡Pero tía, déjame en paz! ¿Por qué me llamas? Sabes que tengo que aprobar este examen... ¿Cómo que siempre te hago lo mismo?... ¡Que te den, tía!

Cuelga de muy mala hostia. Vuelve a mirar entre los apuntes, pero se le ha ido el santo al cielo, ya no se acuerda ni de lo que busca. Desiste. Mira hacia el público, empieza a hablarle con toda naturalidad.

¡Joder, con la Carla! Es que sabía que me iba a llamar. ¡Me juego la carrera con este examen y a la tía se la bufa! Historia de la lengua inglesa, ¡pero quién coño se inventó esta asignatura! De ésta no pasa, aunque esté toda la noche sin pegar ojo, esta vez me la voy a sacar. (Pausa, cambio de actitud) Es la octava vez que me presento... Convocatoria meagaextraordinaria de la muerte. Vamos, que en verdad ya no puedo presentarme. Pero estuve un mes llorándole al profesor hasta que me dijo: «¡Una más! ¡Sólo una más! ¿De acuerdo? ¡Y como vuelvas a llamar a mi despacho te pongo una orden de alejamiento!» Mi última oportunidad… Si no apruebo… será el final de estos 8 años dedicados a la filología inglesa. Mi sueño de niña, ser filóloga, a la mierda... (Casi entre lágrimas) Me tocará volver al pueblo, a Vilanovilla, a ese valle de mierda a donde no llegan ni las señales de televisión. Tendré que tragarme el orgullo y volver a ordeñar vacas, a pesar de mi alergia. Pero yo no he nacido para seguir el negocio familiar, yo he nacido para ser filóloga. (Lo dice con una seguridad que se desmorona en cuanto lo ha dicho).
Con este examen siempre he tenido más mala suerte... Las dos primeras veces que me presenté, mi “amiguísima”, Carla, me había fotocopiado los apuntes equivocados. Casi dejé de hablarle por eso, aunque ella me decía que había sido un despiste, pero coño, mira que es casualidad, despistarse dos veces seguidas. A veces creo que lo hace aposta, es que a veces la mataría. Pero no puedo, es mi amiga del alma. Recuerdo aquel día que fuimos juntas a la playa y me metí a nadar y estuve a punto de ahogarme porque una corriente marina me arrastró mar adentro. Y allí estuvo la Carla, todo el tiempo haciéndome señales con una toalla para que no perdiera la esperanza. Esas cosas crean un vínculo difícil de olvidar. Y si hubiera avisado al socorrista ya habría sido la leche.
Es que cada vez que me he presentado me ha pasado algo. La vez siguiente fue por culpa... de un despertador embrujado. (Lo dice con mucho misterio, sin ninguna ironía). La cuarta vez me pasaron unas pastillas para estudiar, dentro de un frasco de somníferos... ¡que resultaron ser somníferos! La quinta vez, es que se me ocurrió un cuento genial a mitad del examen y tenía que escribirlo... ¡y mira que esa vez sí que me lo sabía de puta madre! La sexta vez, esa sí que fue buena... pero joder, que tengo que estudiar, ya os la cuento otro día.

Intenta ponerse a estudiar otra vez, está más relajada, pero no acaba de concentrarse. Tiene una buena historia y se muere de ganas de contarla.. Mirada traviesa, cómplice, al público.

Bueno, os la cuento rapidito y luego me pongo... La sexta vez que me presenté al examen... Estuve viajando toda la noche, joder si me hice kilómetros. Y eso que tenía claro que iba a pasarme la noche estudiando como una loca. Eran las diez y media y lo tenía todo preparado: los apuntes en la mesa, música clásica de fondo, la lámpara perfectamente colocada y el café haciéndose en la cafetera. Me leí todo el primer tema y en eso que me llamó Lola y empezó a preguntarme toda histérica sobre algo que todavía no me había mirado. La llamada me puso de los nervios y cuando volví a los apuntes ya no me enteraba de nada. Me habría tomado un café para tranquilizarme pero mi cafetera es superlenta y todavía no se había hecho. Así que salí a la calle a ver si me despejaba un poco. En la plaza un chico me pidió un cigarro. Se llamaba Menda y tenía una cresta azul alucinante. El tío me empezó a hablar de sus ideas políticas, que eran muy guapas, tíos. Creía en una sociedad no llena de consumismo asqueroso como ésta sino una sociedad donde la gente viviera por la noche y se enrollara de puta madre, en la que no hubiera que trabajar y la gente compartiera todas las cosas, así no le faltaría nada a nadie. Por ejemplo, me dice, yo tengo un canuto, ¿no?, y me lo estoy guardando para luego y te veo a ti y tú me dices que si tengo un canuto. Guay, pues yo voy y te lo doy, ¿qué te parece?, y nos lo fumamos a medias, o tú sola, ¿no?, porque supongo que otro día tendrás tú un canuto y me invitarás a mí, a menos que seas una hija de puta de esas que no hace más que fumarse el costo de los demás. Y yo, no, no. Y el tío me decía que como eso, todo. Tenía a unos colegas viviendo en su casa, que tampoco era su casa, porque no era de nadie, pues se quedaban todos allí y de puta madre, porque la sociedad es una mierda. La verdad es que mola encontrarse a gente así. Cuando se entera de que estudio alemán me dice que me vaya con él para hablar con una colega suya alemana que nadie se entiende con ella. Yo le dije que no podía pero el tío me insiste y me insiste y al final le digo vale, pero que sólo un ratito que mañana tengo un examen. La casa era uno de esos edificios superpijos que han construido en las afueras. Era alucinante, todo nuevo y de diseño y el ascensor que te hablaba. Pero en el piso del Menda no había muebles y estaba todo lleno de humo y fuimos a una habitación en la que había un grupo de gente mirando hacia la esquina y un tío agachado a cuatro patas. Y uno dijo: Dale con el palo, a ver qué hace. Y entonces alguien dio un grito horroroso y todos salieron en espantada. Y allí sólo se quedó un tío retorciéndose de dolor por el suelo. ¡Coñoooo! ¡Me ha mordido!, gritaba. La gente chillaba y daba saltos y corría por todas partes. Y entonces la vi pasando a toda leche por entre las piernas de la gente. Joder, tíos, había una serpiente superlarga. ¡Que no se escape, que no se escape!, gritaban. ¡Aquella peña estaba loca! Uno la seguía con un palo y, de repente, se para y grita «¡apartad!» y lanza el palo como una jabalina y se lo clava a la serpiente. Y ahí tienes a la serpiente ensartada sacudiéndose de un lado a otro. ¡Joder, yo me la piro! Salgo por el pasillo buscando la puerta de entrada pero encuentro la del baño, total que cojo y me meto allí. Bueno, para seguir flipando. El cuarto de baño era súper pijo, pero lo fuerte es que en la bañera había una plantación de setas. Me acerco a mirarlas de cerca y de repente ¡Plam! ¡Se abre la puerta de golpe! ¡Y aparece un tío enorme con cara de loco!

Vuelve a sonar el teléfono. Lo mira. Esta vez no se lo piensa tanto antes de contestar.

¡Hola, Félix! ¿Qué te cuentas?... Muy bien, tío. ¿Y tú?... ¿Que os vais a La Claca a cantar karaoke? ¡Halaaa, qué guapo!... ¡Pues claro que me apunto! (Mira a sus apuntes)... Ay, no, no puedo, es que tengo un examen mañana. Hosti, y no me se nada... Venga, la semana que viene sin falta. Jo, qué rabia. Venga, un beso, guapo. ¡Ciao!

Se queda un poco chafada. Mira los apuntes un momento..., pero tiene que acabar la historia.

¿Por donde iba? (Fin de la primera parte)

SEGUNDA PARTE

Sí, estoy en el cuarto de baño y entra el loco este. Y va directamente hacia mí. Y yo, ay, mamá. Pero el tío simplemente me aparta, se va a la bañera, donde había una plantación de setas como os he dicho, coge un par y se las come. Y luego se baja los pantalones y se sienta en el váter. Muy bien, chico, tú a tu aire. Pero entonces veo que empieza a ponerse muy nervioso, mira a un lado y a otro, se pone a palmotear a su alrededor y de repente me mira, con la cara desencajada. «¡Qué te pasa, tío, qué te pasa!», le pregunto, que me estaba poniendo histérica. «¡Tía!», me dice, «¿tienes algo para leer?». Se ve que el tío si no leía no cagaba. ¿Yo qué iba a llevar? Pues mira, sí que llevaba, llevaba una fotocopia arrugada de los apuntes de historia de la lengua inglesa, un fragmento de la "Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés" de Beda el Venerable para ser más exactos. Te juro que al tío se le iluminó la cara. Cogió la hoja y se puso a leerla todo concentrado. Yo aproveché para largarme y en el pasillo lo oí llamándome. ¿Pero qué coño me has dao tía? ¿Pero qué mierda es esto? ¡Tía! ¡Tía! Pero entonces me encuentro al punki de la cresta azul que me había estado buscando como un loco y me lleva delante de una chica delgadísima, con el pelo negro muy, muy largo y cara de flipada, era una... ¿Cómo se llaman? Ah, sí, ¡una emo!. ¡E-lla-ha-bla-a-le-mán! Le grita el Menda a la alemana, como si estuviera sorda, y nos deja. Así que nada, me pongo a hablarle: Hallo, Ich Heiβe Trini y toda la pesca. La tía no decía nada y me miraba con cara de me va a dar un pasmo de un momento a otro. Yo miro por la habitación y veo que el tío a quien le había mordido la serpiente está en una esquina temblando, tapado por una manta y al lado tenía a uno que le decía que dejara de preocuparse de una vez que la serpiente no era venenosa. Por mucho que lo intentara la alemana no decía ni mu y, de repente, me agarró de la camiseta y entonces vi que tenía las muñecas llenas de cortes. Y entonces empezó a hablarme a toda hostia, pero no hablaba alemán, hablaba holandés o… o eslovaco, yo qué sé qué hablaba esta tía, pero parecía que tuviera algo muy importante que decirme. La tía al ver que no me enteraba de nada puso cara de asco, me soltó y se fue corriendo hacia una ventana. Se puso a forcejear para abrirla, pero no podía porque creo que tenía que darle un giro completo a la manivela y la tía no se aclaraba así que se puso a aullar y a darle golpes al cristal con la cabeza, pero el cristal aguantaba y mira que le pegaba fuerte, yo no sé cómo no se abrió la cabeza. Como no pare de gritar, seguro que llaman a la policía otra vez, dijo uno. Intentaron sujetarla entre varios y la tía venga a pegar patadas y a morderles. Coño, vámonos de aquí. Bajamos corriendo por la escalera, arrastrando a la alemana, que iba pegándose golpes contra todas las paredes. Menudo escándalo. El Menda me dijo que me quedara con ellos, que me necesitaban para traducir. Así que nos metimos todos en apretadísimos en el coche, unos ocho o nueve en un Renault 5 del año de la polca. Al principio no hacía más que calarse. En el viaje me puse a fumar porros como una loca, porque estaba nerviosísima. ¡Ey! Hay que pillar gasofa, dijo el Lalo, que era el tío que conducía. Cuando llegamos a la gasolinera aquello ya era una fiesta, con la coña de los nueve metidos en el coche. ¡Ueeey! ¡Vamos a pillar birras!, dice el Lalo. Así que juntamos pasta, pero entre todos no teníamos más de 3 euros y pico. La alemana estaba a mi lado y ya no gritaba ni forcejeaba, se había quedado contorsionada y tenía la cara tapada con un brazo. El Menda me dijo: «Parece que ya está bien». Yo muy bien no la veía, la verdad. A los 5 minutos volvió el Lalo del Seven Eleven con dos latitas de cerveza. «No llegaba pa más». Joer, tío qué bajón. «¡Eeh, que es coña!», dijo el Lalo y se abrió la chupa y se sacó cuatro packs de seis latas que había mangao. ¡Olé! ¡Todos ahí saltando emocionaos! Qué juerga. «¡Vámonos!», dice el Lalo. «¡Hostia, ¿y la gasota?». El Lalo y el Menda se miraron con la boca abierta y empezaron a descojonarse. «¡Bah! ¡Con esta nos llega!», dijo el Lalo. «¡Pero si está casi vacío!» El Lalo aceleró, salió derrapando de la gasolinera y metió una cinta en el casete. No te lo pierdas, a que no sabes qué puso: Un pingüino en mi ascensor. Ahí todos cantando: «Atrapados en el ascensor, esta noche nena es para los dos, atrapados en el ascensooor…» Como os podéis imaginar el coche nos dejó tiraos en medio de la puta carretera. Y estos decidieron plantarse allí a pasar la noche. «¡Venga, a buscar palos para una hoguera!» Y allí me puse a buscar a la luz del mechero, pero ni palos ni hostias, venga jeringuillas y latas de cerveza. Un mal rollo que te cagas. Hicieron una mierda de hoguera con plásticos y basura que se iba a apagar en dos minutos. Mirad tíos, les dije, yo me voy a ver si encuentro a alguien que me lleve de vuelta a Valencia, coño, que mañana tengo un examen. Cuando pasé al lado del coche, eché un vistazo para ver cómo estaba la alemana, pero no estaba allí, miré a la hoguera y vi que tampoco estaba con los otros. Tampoco me pasé mucho tiempo buscándola, aquello estaba más oscuro que la boca de un lobo. Y entonces... me acordé de que me había dejado el café puesto en casa. ¡Dios, la cafetera, el fuego, el piso volando por los aires! Me metí toda loca en medio de la carretera, vi unas luces y me puse a saltar y a mover los brazos y a gritar: ¡Para! ¡Para! Era un pedazo camión que no os podéis ni imaginar, pegó un frenazo increíble y casi se salió de la carretera. Del camión salieron dos tipos acojonados y estuvieron un rato cagándose en mí, claro. Eran dos camioneros gallegos, la verdad es que me dieron muy buen rollo. «Mujer, que claro que te llevamos a Valencia, si nos viene de camino». Joder, qué suerte. Pero cuando fui a entrar en la cabina me dio el yuyu porque vi que estaba llena de pósters de tías en bolas. Casi me cago del miedo, me acordé del caso ese de las niñas que hacían autoestop y luego las violaron y descuartizaron. Pero luego pensé que me estaba yendo de la olla, joder, no me iba a pasar nada, no a todas las chicas que hacen autoestop a las tantas de la madrugada las violan. «Venga niña, siéntate aquí en medio», me dijo uno señalándome el espacio del asiento entre ellos dos, detrás de la palanca de cambios. «No, no, mejor voy atrás», les digo, «en el remolque». Se miraron como asustados, uno de ellos se rió, con una risa como de malo, el otro se puso muy serio. Al final el de la risa chunga me llevó hasta la parte de atrás del camión. Entonces pensé que a lo mejor tampoco aquello era muy buena idea. Sobre todo cuando el tío abrió la puerta del remolque y me empujó dentro. Pero de verdad empecé a acojonarme cuando el tío se subió y se quitó el cinturón como si fuera a pegarme. Pero el otro le llamó: «¡Saro, vámonos ya!», así que el tío me miró y me levantó el dedo como amenazándome. Luego salió, cerró la puerta y pude oír cómo se movían los cerrojos y me encerraban. Entonces me di cuenta de lo chungo de mi situación. (Al llegar a este punto Lilí se parte de risa). Me senté en una esquina del fondo del camión, temblando de miedo. Pero al poco oí la voz de un chico que me decía: «Hola, ¿cómo te llamas?» Vaya, habían cogido a otro autoestopista antes que a mí, eso me tranquilizó. Pero el chico me dijo que a él no le parecía que estos tipos fueran muy buena gente. Le pregunté si sabía a dónde nos llevaban y él me dijo que no quería ser tremendista pero que a una muerte segura. La verdad es que era un encanto de chaval, era islandés y se llamaba Haldor. A él lo habían cogido por la mañana. Tenía diecinueve años y estaba viajando por España. El tío estudiaba bachillerato pero había decidido dejárselo para viajar por el mundo, aunque normalmente se dedicaba al atletismo. Había sido uno de los finalistas de salto de pértiga del campeonato de Europa, en serio, me enseñó las fotos. Era un tío súper interesante. Empezamos a hablar y nos dimos cuenta de que nos gustaban las mismas cosas: la música reagge, Kill Bill y hasta los bocadillos de Pans & Company. Nunca había conectado así con nadie tan pronto. Me habló de las competiciones en las que había participado, de todos los deportistas que había conocido y los países que había visitado. Me daba una envidia. El pobre tenía las manos detrás de la espalda, esposadas a una barra de hierro. Empezaba a hacer un poco de frío en el camión, así que me abracé a él. Creo que para entonces ya me había enamorado. Pero cuando lo abracé me di cuenta de los músculos que tenía el tío. Joder, ¡qué bueno estaba! Encendí el mechero para verle la cara. Era el chico más guapo que había visto en mi vida. Tenía los ojos azules y melancólicos, unos rasgos superdulces y masculinos a la vez y el pelo muy rubio y ondulado, parecía una estatua griega. Haldor, cuando me vio a la luz del mechero, sonrió, teníais que haber visto qué sonrisa, y me dijo que era la chica más guapa que había visto en su vida. Fue increíble. Aquella noche perdí la virginidad... Bueno, no es verdad, pero me gusta pensarlo así. Era más sensible..., en un momento dado se puso a llorar y cuando le pregunté qué le pasaba me dijo que le resultaba insoportable no poder tocarme con las manos, como estaba esposado el pobre... Al final nos quedamos dormidos. Y cuando me desperté, me fui hasta la puerta del remolque, empecé a empujarla ¡y se abrió! Coño, casi me caigo. Íbamos por la carretera a toda hostia, con la puerta del remolque abierta. Haldor me dijo que saltara, yo que podía, pero yo no quería dejarlo ahí solo. Fue el momento más difícil de mi vida. Me decía que lo hiciera por él, qué el ya estaba perdido y le haría feliz saber que yo me había salvado. Ahora me alegro de haber saltado, pero en aquel momento, tirada en medio de la carretera y viendo como el camión se alejaba con Haldor dentro, hubiera hecho cualquier cosa por volver con él. Me puse a gritar su nombre «¡Haldor! ¡Haldor!», pero ya no podía oírme. Creo que me quedé dormida en la cuneta. Me despertó una monja hablándome en portugués. Le dije que tenía que volver a Valencia, que tenía un examen y dio la casualidad, y mira tú que es casualidad, que precisamente ellas iban a Valencia. Así que me metí en un autobús que estaba lleno de monjas y me senté al lado de la que me había recogido. Todas intentaban ser muy simpáticas conmigo, me ofrecían dulces y hablaban conmigo pero yo no las entendía y además no podía dejar de pensar en Haldor y me puse a llorar como una magdalena. Las monjas se preocuparon mucho por mí y se ve que pensaron que si se ponían a cantar igual me alegraba. Así que allí te ves a todas las monjitas venga a cantar canciones muy alegres y una se saca una flauta y otras empiezan a darle a la pandereta. Lo que ya flipé es cuando me vi a una que se puso a tocar un órgano eléctrico. La verdad es que animarme, me animé, y aunque no tenía ni idea de lo que decían me puse a cantar con ellas. Cuando llegamos a Valencia me dejaron en la Plaza la de la Reina. Suerte que el examen era a las cuatro de la tarde. Me dio tiempo de llegar a casa y ver que no me había dejado la cafetera puesta. Y sí, por la tarde fui al examen y, como os podéis imaginar, me salió de puta pena...

Le invade la inseguridad, mira a los apuntes, se acojona, deja de ser consciente del público. Vuelve a la mesa a estudiar, nerviosa... Ojea los apuntes, intentando centrarse. Suena el teléfono. Contesta.

¿Dígame?... ¿Quién? (Está como ausente, con la cabeza en otra parte)... ¿Haldor? (Sin entusiasmo, ni incredulidad, el nombre no le dice nada)... ¡¿Haldor?! (Ahora, sí, emocionada) Qué... Qué... Pero... Pero... ¡Haldor! ¿Qué? ¿Dónde estás?... ¿Qué haces aquí?... ¿En la tasca el Mejillón? ¿Estás con Carla? Pero... ¡Qué guay!... ¡Claro! ¡Ahora mismo voy! ¡Espérame!... ¡Tienes que explicármelo todo! ¡No te muevas de allí! ¡Espérame! ¡Tío, qué alegría! ¡Un beso! ¡Mua!

Cuelga.

Joder, joder, joder....

Está aceleradísima, coge la chaqueta, el bolso, las llaves, el móvil, a toda prisa, se arregla el pelo... Sale del escenario. Dos segundos después vuelve a entrar, se acerca a la mesa, mira a los apuntes, duda... Se saca el móvil del bolso, toca algunas teclas, parece que va a llamar. Vuelve a guardárselo. Se cuelga el bolso del hombro y sale corriendo.

Texto agregado el 18-12-2006, y leído por 211 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2007-04-02 21:32:53 Dios, como una cabra... sin duda. Buenísimo tu cuento. Simplemente genial. No estaría en el destino aprobar ese examen, seguro. Lo disfruté mucho. Felicitaciones. Hanneke
2006-12-20 11:32:24 Bestial amigo. onanista_por_palabras
2006-12-18 12:58:38 Muy bueno me entretuve mucho, es Bastante urbano y espontaneo.Me gusto!!***** terref
 
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