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He cerrado la puerta de mi casa. No deseo ver a nadie en toda mi vida. He fracasado tal como la gran mayoría. Sin embargo, aún la anárquica esperanza se sienta frente a mi mesa. Le digo que se vaya, no quiere. Apago las luces de toda mi casa, pero ella se echa a mi lado y me dice: qué bella es la noche. No sé cómo decirle que se aleje, que ya no tengo mas que hacer en este mundo, que los triunfos ya los he bebido y hasta los he vomitado de tanto verlos, que odio al espejo, a las personas, al día en general, que si me buscara la muerte, huiría de ella. Soy cobarde, el peor de todos los hombres, aunque todos me crean un héroe, uno de esos que arriesgan su vida por el hermano. Que gran vanidad. Detesto al espejo, mi imagen, cualquier cosa que tenga frente a mis ojos, mi cuerpo... pero aún permanece la esperanza frente a mi vida. Me paro, ella me sigue. Me siento, igual... He tenido de echarme a dormir y he podido escapar un momento de su presencia... Mas apenas abro los ojos, el dolor, la conciencia, el pasado me cae como piedras a mi existencia. Me baño y vuelvo a la cama, y allí está ella. Tiene un sobrero rojo en la cabeza. Me río de ella. Ella me aconseja usarlo. Le hago caso. Me miro al espejo y siento que no soy yo, que es otra persona escondida bajo el embrujo de la gorra roja. Salgo a la calle con la gorra puesta. Todo el mundo me mira. Ríen. Callan. Ríen y otros no dicen nada. Continúo caminando hasta que llego a una planicie. Me quito el sombrero y lo tiro al vacío. Me gusta como cae, planeando como un platillo volador, y siento que estoy desnudo como Adán. Siento vergüenza, demasiada vergüenza. Corro hasta llegar a mi casa. Entro y veo la gorra encima de mi cama. Hay una nota. La leo. La rompo en pedazos. Me vuelvo a encerrar en mi casa y siento un cuerpo a mi lado... Es la esperanza. Le digo que se valla. Se ríe de mí. Le grito más fuerte, y ella calla un instante. Me siento mejor y siento que estoy durmiendo. Entro al sueño y noto millones de sombreros regados por una planicie, y todos de color rojo. Cojo uno de ellos, me lo pongo y sonrío ampliamente. Soy feliz, me digo, mientras el Sol dora mi cara. Le miro al Sol y veo que tiene el rostro de la vieja esperanza...


San isidro, diciembre del 2006

Texto agregado el 08-12-2006, y leído por 537 visitantes. (1 voto)


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