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Hace tantos años que no madrugo, se me hace difícil empezar a escribir narrando todo lo acumulado en las mazmorras de mi imaginación. He guardado personajes interesantes, y algunos bastante patéticos, pero todos ellos buenas personas. Esta vez, usaré a uno de ellos, su nombre es Vendimio, nombre raro, y no mas raro aún su enorme deformidad corporal. Vendimio en un chico de diecinueve años, alto como una jirafa, de cortos cabellos rojizos, y unos ojos como dos uvas, quizá por ello su extraño nombre aunque vive en la ciudad cuidando y limpiando autos parqueados por todos los vecinos que viven en uno de los viejos edificios que no tienen cochera. Este joven se encarga de lavar, cuidar y guardar todos los autos de uno de los edificios de la ciudad. Hijo de padre desconocido y de madre reconocida por su sangre caliente, refluente como los ríos de la selva que van a desembocar en los mares de la pasión. Este joven, su único hijo le sirve de mandados, y, ciertamente es un chico bastante cándido y un 100% inocentón. Cuando iba a cumplir los cinco años ya media cerca de metro y medio, y ahora, con los diecinueve años ha alcanzado los dos metros y veinte centímetro de altitud, bastante alto por cierto. Seguro que si Dios le hubiera proveído de algo de materia gris en su diminuto cerebro, hoy estaría jugando uno de los deportes en que altura y la fuerza e inteligencia son básicas, hablo del básquet baal. Y bien, esa no fue su suerte del buen Vendimio que por las noches recibía el dinero de las visitas de todos los amantes golondrinos de su madre y amigas del edificio en donde vivía. Una noche en que no llegaron autos sino hasta el día siguiente, nuestro personaje se sintió preocupado y como cayendo del cielo, se fue a meter en uno de los cuartos del edificio en donde encontró a su madre en pleno intimidad con un señor bastante rozagante y sucio que, Vendimio, lo ubicó con el nombre de don Pepe, el carnicero, Buenas noche don Pepe, dijo Vendimio. Este lo saludó mientras que la madre le gritaba que cerrara la puerta inmediatamente. Cosa que fue cumplida por su hijo. Al día siguiente, aquellas figuras moviéndose tan apasionadamente quedaron metidas en uno de esos espacios que aún le quedaban a Vendimio en su cerebro, y esto le pasó cuando vio a un perro y su perra, pegados por sus miembros reproductivos. A lo que el muchacho comentaba mientras lavaba el auto del ingeniero que vivía en el segundo piso del edificio que había visto a su madre y al carnicero peleándose por estar pegados así como los perros. Todos rieron, Vendimio también. La cosa empeoró cuando llegó a oídos de la mujer del carnicero. Hubo toda una bulla y pelea entre mujeres: la madre de Vendimio y la mujer del carnicero. Hubo que separarlas pero ya la reputación de la madre de Vendimio estaba en la boca y las burlas de toda la vecindad. Ante esto, madre e hijo tuvieron que mudarse a otros lares, menos conocidos y más ricos que en su antigua morada. Para esto ya la madre había juntado un buen dinero producto de su profesión y del dinero entregado religiosamente por su cándido hijo. Se mudaron a unos veinte kilómetros de su antiguo vecindario, pero, como todo lugar nuevo, ambos, madre e hijo, tuvieron que buscar un trabajo que los mantuviera al menos con el estomago y un techo bueno. La madre pudo conseguir nuevos clientes sin mucha dificultad, pero el muchacho sólo puedo conseguir un trabajo como vigilante de entrada a los bares de la nueva vecindad. Su tamaño imponía mucho respeto. Aunque si sonrisa de niño no delatara su buen corazón. En este trabajo no duró mucho, porque dejaba pasar a todos, evitaba peleas y ayudaba con su propio dinero a que mas gente entraran al bar. Lo echaron sin piedad. Y cuando estaba regresando a su casa su madre le dijo que no debe volver si no consigue trabajo. Vendimio caminó durante todo el día, y parte de la noche pero nada encontró. Por suerte vio un auto que le abría la puerta. Era una hermosa mujer, bastante mayor que le invitó a pasar y a comer en su lujosa limosina. Luego de haber comido, la señora se le tiró como un tigre sobre el púber muchachón. Y esta desvirgó a nuestro Vendimio. Era su primera vez y le gustó en demasía. Se volvió en un gran picaflor de mujeres, y con todas podía. Llegó a estar con siete chicas diariamente que buscaban en él, el placer de estar con un hombre enorme y con alma de niño a quien se le podía manejar como a un juguete. Nuestro joven se hizo hombre, y, sobre todo, un gran amante. Se hizo famoso por su gran capacidad de fornicar con varias chicas a la vez. Esto llegó a oídos de un viejo apostador que apenas vio al hombre ya (Vendimio ya contaba con los treinta y tres años), y le propuso un trabajo que tuviera que ver con aquel gusto sin final por despellejar vaginas. Aceptó y fueron a meterlo en una sala en donde aparecía una mujer enorme con tres senos, vagina negra y peluda, y, un miembro enorme que mostraba con gracia y poder. Era un hermafrodita. Y allí estuvo el buen Vendimio, fornicando con el hermafrodita y siendo penetrado a posteriori por este fenómeno. El tiempo pasó y nuestro joven se hizo mayor. Ya viejo, lo botaron del circo erótico y quedó en la calle. Recordó sus primeros trabajos y volvió a cuidar autos en su viejo vecindario. Si alguien lo viera de noche, pensaría que fuera un oso, o una sombra de almas... Sin embargo, a nuestro personaje no le faltaron mujeres, jóvenes ellas, que le pedían su gracia. Este cumplía y dejó regado por toda la vecindad muchos hijos que quiso con toda el alma. Cada moneda que obtenía era para cada uno de ellos. Y así los chicos fueron creciendo, recordando a su padre y sintiendo un respeto, una gratitud por este anciano que, hasta enfermo, trabajaba en lo que fuere para cumplir con cada uno de los once hijos que cosechó en las calles del vecindario. Los hijos crecieron, y cuando ya fueron hombres, miraban al viejo Vendimio limpiando sus autos, cuidando de día y noche que los ladrones no hicieron daño a este vecindario. Y esto, se fueron, dejando al pobre anciano sin motivo para trabajar... hasta que una noche en que dormía escondido dentro de uno de los viejos autos abandonados del vecindario, sintió que la vida se le estaba arranchando, ¿Por qué me llevas?, preguntó a la muerte. Esta le dijo que ya era hora de dormir, de descansar y no volver a despertar por otro día de labores. ¿Y quién va a cuidar los autos?, volvió a preguntarle. Sus dueños, sus dueños, Vendimio. Este le miró a los ojos de la muerte y se vio reflejado en el brillo del abismo de esos ojos, y le dijo: ¿Eres mi dueña? La muerte le iba a decir que sí pero ante esos ojos inocentes, con forma de uvas negras, sintió como un sentimiento maternal y dijo: Si. Vendimio cerró los ojos y repitió muchas veces: madre, madre, madre.... Hasta que nunca mas volvió a abrir los ojos. Al día siguiente lo vieron tirado en el interior del auto abandonado donde dormía. Trataron de despertarle pero ya estaba muerto. Llamaron a sus hijos y todos ellos fueron. Pagaron los gastos mortuorios y acompañaron al último paseo por este mundo al cuerpo del buen Vendimio. Llegaron, oraron, y luego, lo enterraron. Hubo lágrimas, llantos y un pequeño suspiro del los cielos como una brisa pasando por uno de los agujeros de una montaña... Al día siguiente, todo continuó igual, aunque los robos de autos y casas de los vecinos comenzaron a aparecer... Y allí, recordaron, con tristeza, a Vendimio, el chico enorme, con ojos con forma y color de las uvas... Todos le recordaron pero, al pasar los días, le olvidaron, así como se olvidan todas las cosas y seres que pasamos por este hermoso valle, tierra...




San isidro, septiembre de 2006

Texto agregado el 18-09-2006, y leído por 372 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2006-09-19 08:55:46 muy buen cuento. excelente, 5 * inakix
 
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