La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]

Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Azul
Eventos
Enlaces
Temas
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / CalideJacobacci / Casitas felices

 Imprimir  Recomendar
  [C:234436]

Casitas felices

En otros tiempos tuve un amigo, de esos amigos “amigos”, nacidos como yo en el pueblo, se llamaba Felisberto y era un poco callado, demasiado callado diría, a veces no se lo escuchabas hablar en todo un día. Nos separó la época en que buscando educarnos nos enviaron fuera de esas pocas cuadras donde íbamos creciendo.

Nos separamos y con el tiempo me enteré que trabajaba en un banco. Que vivió con gran tristeza el abandono varias veces anunciado de quien él decía era el amor de su vida. Aunque al poco tiempo se casó felizmente.

Recuerdo (años más tarde) en un encuentro casual, viajando en tren, me mostró la fotografía de su esposa. Un rostro en blanco y negro tipo carné que demostraba ignorancia, o indiferencia quizá. Me la imaginé cuidando niñas con pañales y limpiando la casa con el mismo rostro.
A él como a mí nos gustaban las rubias, cualquier pelo rubio me calienta decíamos. La mujer en la foto era rubia y joven, pero no particularmente bonita.

Un día lo encontré entre el gentío de una feria de artesanos observando los puestos sin entusiasmo, como al descuido. Lo vi de espaldas y supe quien era, había engordado y usaba ropa deportiva. Llevaba el cabello más largo que en mis recuerdos y una niña de la mano.

El verlo movilizó recuerdos de la época en que éramos inseparables, como ese lejano día que fumábamos seguros en el escondite de la escuela, un lugar que solo conocíamos él y yo, y que entrábamos arrastrando la panza en el suelo hasta un recoveco del edificio. Ahí le conté El derrumbe de la Baliverna como si le hubiera pasado a un pariente mío que vivía en la Provincia, como si fuera cierto, lo narré lentamente, con detalles –es un cuento que leí muchas veces- y podía ver en sus ojos el asombro y quizá el terror al escuchar mi descripción.

-Que bárbaro, puede ser, esas cosas pueden pasar, me había dicho mientras pitaba con fuerza y miraba la pared. Seguro con la imagen del edificio caido, transformado en escombros ocupando su cabeza.
Más de una vez después de este episodio intentó desmoronar alguno de los grandes galpones de chapa del ferrocarril al colgarse de los hierros que le salen en las esquinas y mirarme después con decepción.

–Ya se va a caer alguno, le decía yo.

Era una feria al aire libre y comenzaba a anochecer, así que se fueron encendiendo lentamente los focos de alumbrado colgados de un cable.
Cuando me vio, un artesano le mostraba unas casitas hechas en cerámica, de esas que en su interior se puede prender una vela y aparece la luz por las pequeñas ventanas. Recuerdo el brillo de las ventanitas encendidas en sus ojos y que al verme ese brillo aumento al sumarse una lagrima.
El artesano que tenia el cabello largo y trenzado no paraba de hablarle sobre el tamaño de las casitas y sus precios. El me miró y al descubrirme, sonrió, y en el brazo del artesano se movieron varias serpientes enlazadas a una espada de doble puño dibujadas en un tatuaje. Un tatuaje en colores.
La gente se acercaba al puesto de venta, apreciaba el arte y luego de unos segundos seguía su camino.

Durante un buen rato nos estuvimos mirando. Vinieron a mí imágenes de juegos de la infancia, de los años que fuimos inmortales. De algún parlante salían suaves acordes de una guitarra y una música conocida. Nos abrazamos, un abrazo largo, apretado y me dijo:

-ando para la mierda.

Se puso las manos en los bolsillos, la niña había escapado hacia otra zona de la feria y el tatuado con serpientes seguía hablando en nuestra dirección.
Nos acordamos de los diecisiete años, de las tardes entre el viento planeando la vida, de nuestros viejos. Al alejarnos del gentío que mansamente giraba observando artesanías busqué interrogarlo.
En la ruta, me dijo, en medio del desierto, yo viajaba con mi esposa y las nenas, tengo un R12 y apuntó hacia la calle, el rojo. Se nos adelantó un Falcon, te juro que no lo vi hasta que se puso a la par y era una nube de polvo, eso me hizo bajar la velocidad, casi paré el auto, hasta que se disipó la polvareda y ahí si lo vimos atravesado en el camino. Así que frene, me detuve.

Nos acercamos a un stand donde una joven encendía un saumerio y encendía sus ojazos negros en cada parpadeo y nos explicaba con que materiales estaban fabricados los anillos que en perfecto orden reposaban sobre una tela negra. Cuando saqué los ojos de la joven y de su abdomen desnudo, me di cuenta con asombro que Felisberto lloraba. Apoye mi mano sobre su hombro y nos paramos.

-Descendieron del auto cuatro negros de pelo corto, seguro que milicos los hijos de puta.

En el brillo de sus ojos aparecieron nuevamente ventanitas encendidas. La música me molestaba.

-Se las dejo a diez pesos a las más grandes, insistía el hombre con serpientes y cabellos trenzados, tenía una casita en cada mano. La vela del interior parpadeaba.

Nos hicieron bajar del coche, apuntando con armas largas a todos, gritando, a mi mujer y a las nenas y los mal paridos me agarraron entre todos, me inmovilizaron poniéndome una pistola en la cabeza, me tiraron sobre el capot del auto boca abajo, me bajaron el buzo y los calzoncillos y me violaron con el caño de un arma, delante de mi familia.

-Se llevaron la poca guita que tenía encima y se esfumaron. Me dijo.

Quise decirle algo. Apoyé mi mano en su brazo y de mi garganta salió un gemido agudo. Al mirarnos los dos llorábamos.

-Tenés que pasarme bien tu teléfono –le dije.

-Y vos el tuyo.

Felisberto anotó su número en una tarjeta de un fabricante de percheros. Artesanía en hierro decía junto a su letra en birome que a mi me recordaba el secundario.
Yo hice lo mismo en una libretita que saco de un bolsillo.

-¿Qué haces ahora? Me preguntó.

-A las nueve me tomo el bondi, llego mañana a la madrugada si anda todo bien.

-Yo me voy a buscar las pibas, me quedo en un hotel.

Nos abrazamos de nuevo.

-Andá que estás cansado. Le dije.

El cuento "El derrumbe de la Baliverna" fue escrito por el italiano Dino Buzzati (1906-1972)

(2006)



Texto agregado el 05-09-2006, y leído por 463 visitantes. (18 votos)


Lectores Opinan
2006-11-27 19:47:29 ***** JEF_aLAS
2006-11-08 22:42:44 Revoltijo estomacal. Si, eso me produjo pasar de una descripción bella, delicada que invitaba a un texto de esos donde te llevan de la manito por paisajes soñados, a la cruda historia de un horror. ¡Uf! El revoltijo estomacal no lo puedo evitar. No por falta de un gran talento aquí, no... sino por ese cambio brusco y el efecto que produce. Muy buena prosa. Verdaderamente buena. 5* JuanadeNadie
2006-11-04 05:03:49 Excelente, esa forma de relatar el hecho principal dentro de lo que pasa en la feria me gustò mucho. Felicitaciones. doctora
2006-10-29 07:22:34 Me viene el sentimiento como un drama de cine independiente de aquellos que no me pierdo. Gracias por la invitación, excelente drama- Felicitaciones. pickard
2006-10-18 00:31:25 Un relaro bien logrado. Describís muy bien la feria artesanal, parecen verse las luces de las casitas...el encuntro de los amigos y el desenlace inseperado pero simbólico. Mis*****Lili lilianazwe
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte! |
]